jueves, 20 de febrero de 2020

Pacífico

Cierras los ojos y no ves nada.
Cierras los oídos y lo escuchas todo.
Cierras la boca y no dices nada.
Cierras la nariz y hueles por dentro.
Y cuando abres todos ellos, entiendes qué haces aquí. 

Y hueles los guisos de tu abuela, el aroma de la leña ardiendo, los pimientos asados. Te enamoras de tu vida.
Y empiezas a hablar, a decir, a expresar y a besar. A sacarte con palabras y sonidos.
Y te escuchas sonreír, calmado e inquieto por dentro.
Y entonces empiezas a ver cada uno de los colores que antes no podías ver. Los disfrutas e intentas separar uno a uno. A veces tan difuminados que en lugar de identificarlos, te pierdes entre ese degradado perfecto.

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